Con respecto a cuándo sucedió, no lo tengo muy claro, pero casi me atrevería a apostar que era por estas fechas, finales de septiembre, principios de octubre, yo tendría 6 o cuando mucho 7 años de edad, mi hermano, 3 menos que yo.
Era casi medio día, mi mamá me pidió que llevara algo a casa de mi abuelo Manaco, creo que una bolsa de calamares, mi hermano me acompañó a llevarlos. La mayoría de los detalles no son muy claros en mi memoria, pero recuerdo que los necesitaban para preparar una botana, en casa de mi tío Genaro Barrón la palomilla se estaba tomando unas cervezas, sin recordarlo bien, podría jurar que estaban el Mundo, Chelelo, Mi tío Berna y mi papá, es otro detalle vago, pero casi puedo afirmarlo.
Lo siguiente lo recuerdo a la perfección, el tejaban donde vivía mi abuelo, el patio limpio con unas pocas hojas de guayabo, que parecían colocadas a propósito en el lugar en que estaban, las últimas guayabas de la temporada colgaban amarillas del árbol, la cama de lías cubierta por la cobija de cuadros cafés, con barbas en las orillas, el abanico viejo de aspas azules, el radio de pilas con acabado de cuero encima del ropero de cedro que siempre tenía olor a humedad y vino, el limón lleno de frutas dando sombra al pozo de agua, lo recuerdo como si fuera ayer, lo recuerdo como si lo estuviera viendo.
Le entregué el encargo a mi abuelo y él empezó a limpiar los calamares para preparar la botana, la música sonaba en el radio de pilas y mi hermano y yo bailábamos en el patio, jugábamos a bailar.
En un momento recuerdo haber escuchado una guayaba caer en el pozo, si me lo propongo puedo recordar el sonido exacto, aunque tal vez solo lo esté inventando mi cerebro, por la importancia que éste tiene para mí.
No sé cuanto tiempo pasó, tal vez un minuto, tal vez 10, no puedo precisarlo, pero notamos que mi hermano no estaba, empezamos a buscarlo y recordé la guayaba, ¿y si no había sido una guayaba?.
Me apresuro y ahí estaba mi hermano, flotando boca arriba en el agua cristalina y fresca de ese pozo, recuerdo verlo tranquilo, sin llorar, sin inmutarse, sin preocuparse.
—¡Abuelo, se fue al pozo!
Mi abuelo sacó la agilidad que no tenía y sin pensarlo un solo segundo, se tiró al pozo a sacar a mi hermano, quien por fortuna, no sufrió ni un rasguño.
Del fondo del pozo, al borde del pretil, calculo que debe medir menos dos metros, aunque el agua llegaba a los 70, 80 centímetros, pero mi abuelo ya había usado todos su súper poderes para rescatar a mi hermano, y no le quedaron para poder salir él.
Después de varios intentos fallidos, recordó que enseguida la palomilla estaba tomando y me mandó a avisarles para que lo ayudaran.
Tres hombres fuertes y acostumbrados al trabajo del mar no podían sacar a Manaco, fue necesario que entraran con él para empujarlo desde abajo y así rescatar al héroe del día.
En casa, mas tarde, mientras le contaba a mi mamá nuestra aventura, mi hermano interrumpe.
—Mami, quiero agua.
