Era un domingo más en el que la palomilla se cooperaba para preparar la tradicional caguama, en aquel patio que tanto recuerdo en estos tiempos de calor.
Aquel patio que mi abuelo barría todas las mañanas con esmero, mi papá afirma que el nivel del patio bajó más de una cuarta debido a la tierra que mi abuelo sacaba al barrer y recoger la basura día tras día.
Aquel patio con el árbol de guayabas más grande que yo haya visto, recuerdo que por estos mismos tiempos, julio, agosto, juntábamos una cubeta de guayabas que le llevábamos a Don Carlos el panadero, para que las hiciera mermelada y las pusiera en las empanadas, una cubeta de guayabas diario a cambio varias piezas de pan.
Aquel patio con el árbol de limones, cuya sombra cubría el pozo de agua, ese mismo árbol que hace que hoy me pese pagar por limones en la frutería, yo crecí teniéndolos gratis todo el año.
Aquel patio con el pozo de agua en medio, con el pretil casi a ras de suelo, que siempre tenía agua, agua fresca, limpia, cristalina. Ese pozo al que una vez cayó mi hermano y rescató mi abuelo (una historia que después les contaré).
Aquel patio en el que crecí, jugué, lloré, reí, aquel patio donde muchos años después de ésta historia, cuando la noche refrescaba, me acostaba en la hamaca escuchando las aventuras que mi abuelo me contaba.
En aquel patio todos los domingos se preparaba una caguama, donde los amigos compartían de ese estofado de tortuga marina preparado por mi abuelo Manaco, algunos tomando sus cervezas, muchos diría yo, pero todos esperando a que ese manjar cocinado en la concha del animal estuviera listo para ser devorado.
Ese domingo, cuando ya todos estaban comiendo, aparece el Profe Cuéllar, quien con bandeja en mano empieza a servirse comida para llevar, platicando con todos con su peculiar propiedad, que más de uno ha imitado en la secundaria.
Mi abuelo al darse cuenta de que el Profe preparaba su itacate, se acerca a él y le dice:
—Profe, aquí no hay para llevar, aquí es taco y pa afuera.
El profesor, ofendido por la descortesía de mi abuelo, regresó a la concha lo que se había servido y se retiró en medio de la carrilla de los comensales, quienes junto con Manaco, adoptaron desde ese domingo, la frase Taco y pa fuera.

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