Cuenta mi papá que en una de sus cientos de travesías a la Isla Isabel, cuando regresaban a Teacapán, a la altura de El Novillero Nayarit fueron interceptados por una patrulla acuática de la Secretaría de Marina.
Mi papá temió lo peor, pues venía con más de una tonelada de Dorado, a sabiendas de que la pesca de esta especie es prohibida. Se acercan los soldados de nuestras fuerzas Marinas y los empiezan a interrogar.
— ¿De dónde vienen?
—De las Islas Isabel.
— ¿A donde van?
—Aquí a Teacapán, ya mero llegamos.
— ¿Que andan haciendo?
—Venimos de pescar— Responde “El Burdo” con tranquilidad.
El capitán da la orden, y uno de los marinos aborda la Lancha para una revisión.
—Capitán traen Dorado. —Grita el soldado emocionado por el descubrimiento—, y no traen compás. — (Para quienes no saben, el compás es la brújula que se utiliza para orientarse en el mar).
— ¿Tienen permisos de pesca? —Pregunta el capitán.
—No.
— ¿Por qué no tienen permisos?
—Porque no nos los dan, hemos pedido pero los niegan, y de algo tenemos que vivir.
—Capitán pero no traen compás —Insiste el marino.
—Yo no ocupo compás para ir a la Isla.
— ¿Entonces cómo le hace para no perderse en la noche?
—Mira, allá adelante, entre todas las estrellas hay una que brilla más, esa no se mueve nunca de lugar, es la estrella del Norte, nada más es cuestión de seguirla y nos lleva directo a la boca de Teacapán.
— ¿Y si no se ve la estrella? —Increpa el militar incrédulo.
—Si no se ve la estrella del Norte, acá atrás hay cuatro estrellas que forman una cruz, esas cuatro estrellas nada más van rotando, pero nunca se mueven de lugar, esa es la Cruz de Mayo, que siempre está indicando donde está el sur, solo debemos poner la popa en su dirección y llegamos a Teacapán sin problemas.
El Marino que se empieza a quedar sin argumentos y con coraje de que un pescador lo esté haciendo quedar mal frente a su superior vuelve a preguntar. — ¿Y si no se ven ninguna de las dos?
—Entonces, nos vamos navegando despacio, “cacheteando” las olas, mientras nos estén pegando en un costado de la Lancha vamos por buen camino, y tarde o temprano llegamos al pueblo.
— ¿Y si está calmito? —Pregunta ya un tanto molesto.
—Bueno, entonces lo que tú quieres es que no nos vayamos, ya estás poniendo muchos pretextos.
El capitán suelta una carcajada y los deja ir. El soldado aprendió dos buenas lecciones ese día, una, la clase magistral de navegación y la otra, que a mi papá nadie le gana.

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