Mi abuelo Manaco era un asiduo bebedor de aguardiente, en su ropero viejo de cedro, nunca faltaba una botella de Viva Villa, a la que varias veces al día se acercaba con su paso tambaleante, como lancha en marejada, a tomar un trago de esta bebida, que a un gaznate primerizo haría hasta vomitar, pero a la que Manaco no le hacía ni gestos.
Su carácter sociable, bromista, alegre, su hospitalidad, el gran patio, donde el guayabo más grande que yo recuerdo haber visto en mi vida, cubría todo el día del sol, aunado su afinidad por la bebida, atraía a sus amistades para beber un trago con él o tomarse unas cervezas, la mayoría de las veces, haciendo gala de la hospitalidad que menciono, acompañado de una botana.
Había un grupo de música norteña, que en esta región denominamos “chirrines”, del vecino poblado de Cristo Rey que solían recalar a casa de mi abuelo. En una ocasión, llegan los músicos con ganas de tomar:
-Manaco, traemos ganas de echarnos unas cervezas, ¿no tienes por ahí una botanita? Pregunta uno de ellos con el característico acento CristoReiano.
Ni tardo ni perezoso el anfitrión se pone a buscar entre sus escasas provisiones tratando de encontrar algo para ofrecerle a sus inesperadas visitas, rebanando cebollas, cortando limones del árbol que estaba junto al pozo de agua, una pizca de sal, un poco de chile y listo, la botana estaba terminada.
-Manaco, te quedaron duros estos caracoles.
-No, así son esos, coman.
Esto me lo contó mi abuelo, lo ha contado infinidad de ocasiones mi papá y en una ocasión, mientras veía a la orilla de la playa el paseo de la reina del día del marino, escuché esta misma historia en una plática entre dos señores. Resulta que al buscar algo para ofrecerles de comer a los músicos mi abuelo no encontró nada y decidió darles la suela vieja de un huarache “horcapollos”.



