jueves, 15 de marzo de 2018

La botana inesperada

Mi abuelo Manaco era un asiduo bebedor de aguardiente, en su ropero viejo de cedro, nunca faltaba una botella de Viva Villa, a la que varias veces al día se acercaba con su paso tambaleante, como lancha en marejada, a tomar un trago de esta bebida, que a un gaznate primerizo haría hasta vomitar, pero a la que Manaco no le hacía ni gestos.

Su carácter sociable, bromista, alegre, su hospitalidad, el gran patio, donde el guayabo más grande que yo recuerdo haber visto en mi vida, cubría todo el día del sol, aunado su afinidad por la bebida, atraía a sus amistades para beber un trago con él o tomarse unas cervezas, la mayoría de las veces, haciendo gala de la hospitalidad que menciono, acompañado de una botana.

Había un grupo de música norteña, que en esta región denominamos “chirrines”, del vecino poblado de Cristo Rey que solían recalar a casa de mi abuelo. En una ocasión, llegan los músicos con ganas de tomar:

-Manaco, traemos ganas de echarnos unas cervezas, ¿no tienes por ahí una botanita? Pregunta uno de ellos con el característico acento CristoReiano.

Ni tardo ni perezoso el anfitrión se pone a buscar entre sus escasas provisiones tratando de encontrar algo para ofrecerle a sus inesperadas visitas, rebanando cebollas, cortando limones del árbol que estaba junto al pozo de agua, una pizca de sal, un poco de chile y listo, la botana estaba terminada.

-Manaco, te quedaron duros estos caracoles.
-No, así son esos, coman.

Esto me lo contó mi abuelo, lo ha contado infinidad de ocasiones mi papá y en una ocasión, mientras veía a la orilla de la playa el paseo de la reina del día del marino, escuché esta misma historia en una plática entre dos señores. Resulta que al buscar algo para ofrecerles de comer a los músicos mi abuelo no encontró nada y decidió darles la suela vieja de un huarache “horcapollos”.

miércoles, 11 de octubre de 2017

El héroe rescatado


Con respecto a cuándo sucedió, no lo tengo muy claro, pero casi me atrevería a apostar que era por estas fechas, finales de septiembre, principios de octubre, yo tendría 6 o cuando mucho 7 años de edad, mi hermano, 3 menos que yo.
Era casi medio día, mi mamá me pidió que llevara algo a casa de mi abuelo Manaco, creo que una bolsa de calamares, mi hermano me acompañó a llevarlos. La mayoría de los detalles no son muy claros en mi memoria, pero recuerdo que los necesitaban para preparar una botana, en casa de mi tío Genaro Barrón la palomilla se estaba tomando unas cervezas, sin recordarlo bien, podría jurar que estaban el Mundo, Chelelo, Mi tío Berna y mi papá, es otro detalle vago, pero casi puedo afirmarlo.
Lo siguiente lo recuerdo a la perfección, el tejaban donde vivía mi abuelo, el patio limpio con unas pocas hojas de guayabo, que parecían colocadas a propósito en el lugar en que estaban, las últimas guayabas de la temporada colgaban amarillas del árbol, la cama de lías cubierta por la cobija de cuadros cafés, con barbas en las orillas, el abanico viejo de aspas azules, el radio de pilas con acabado de cuero encima del ropero de cedro que siempre tenía olor a humedad y vino, el limón lleno de frutas dando sombra al pozo de agua, lo recuerdo como si fuera ayer, lo recuerdo como si lo estuviera viendo.
Le entregué el encargo a mi abuelo y él empezó a limpiar los calamares para preparar la botana, la música sonaba en el radio de pilas y mi hermano y yo bailábamos en el patio, jugábamos a bailar.
En un momento recuerdo haber escuchado una guayaba caer en el pozo, si me lo propongo puedo recordar el sonido exacto, aunque tal vez solo lo esté inventando mi cerebro, por la importancia que éste tiene para mí.
No sé cuanto tiempo pasó, tal vez un minuto, tal vez 10, no puedo precisarlo, pero notamos que mi hermano no estaba, empezamos a buscarlo y recordé la guayaba, ¿y si no había sido una guayaba?.
Me apresuro y ahí estaba mi hermano, flotando boca arriba en el agua cristalina y fresca de ese pozo, recuerdo verlo tranquilo, sin llorar, sin inmutarse, sin preocuparse.
—¡Abuelo, se fue al pozo!
Mi abuelo sacó la agilidad que no tenía y sin pensarlo un solo segundo, se tiró al pozo a sacar a mi hermano, quien por fortuna, no sufrió ni un rasguño.
Del fondo del pozo, al borde del pretil, calculo que debe medir menos dos metros, aunque el agua llegaba a los 70, 80 centímetros, pero mi abuelo ya había usado todos su súper poderes para rescatar a mi hermano, y no le quedaron para poder salir él.
Después de varios intentos fallidos, recordó que enseguida la palomilla estaba tomando y me mandó a avisarles para que lo ayudaran.
Tres hombres fuertes y acostumbrados al trabajo del mar no podían sacar a Manaco, fue necesario que entraran con él para empujarlo desde abajo y así rescatar al héroe del día.
En casa, mas tarde, mientras le contaba a mi mamá nuestra aventura, mi hermano interrumpe.
—Mami, quiero agua.

jueves, 31 de agosto de 2017

Pachita y Ledón

Son las cuatro y media de la madrugada, incluso antes de que los gallos empiecen a anunciar con su sonoro canto que el astro rey se aproxima a mostrarse por el cerro del muerto, cuando Ledón despierta a su mujer.
-Pachita, levántate a echarme unas gordas pa´l lonchi, porque ya me voy a la parcela.
Las cinco de la mañana y Ledón toma camino en su bicicleta, cargado con su bule de agua colgado del manubrio, machete encajado en el cuadro de su vehículo y el lonche atado en la parrilla, a sabiendas de que le espera una pedaleada de cinco kilómetros que recorre sin prisa, pero a un ritmo firme.
Una vez en su parcela, Ledón empieza a trabajar toda la mañana sin parar, está cerca de los sesenta años, la energía no es la misma que a los treinta, pero las ganas son mayores. Solo toma un descanso para comer un poco al medio día y reanudar sus tareas hasta las dos de la tarde, hora en que toma su camino de regreso a casa.
Nada más llegar a su hogar, remo al hombro, cuerdas y anzuelos sale a probar suerte en su canoa, igual y hoy algunos peces se atraviesan con su trampa, a lo mejor un pargo, para que Pachita le prepare un caldo con la cabeza. Ledón tiene años yendo al mismo lugar a pescar, la quietud del estero, el cantar de los pájaros, la brisa vespertina de la marisma, lo llevan a un estado de calma que solo rompe de vez en cuando el tirón de su cuerda, cuando un pez empieza a morder la carnada, momento en que con gran habilidad jala la línea con la esperanza de que se quede enganchado del anzuelo, pero hoy no hubo suerte, el caldo de cabeza de pargo tendrá que esperar.
El sol empieza a desaparecer por los rumbos de la palmera inclinada de La Puntilla, el cielo se se tiñe de rojo y Ledón llega al pueblo que huele a humo de buñigas, es la hora de los zancudos, por suerte su casa solo está a un poco más de una cuadra de la playa.
Después de la cena, toma la atarraya que empezó a tejer un par de semanas atrás, y continúa con su artesanal tarea con una habilidad que envidiaría una araña, alumbrado solo con un candil de petróleo, hasta un poco antes de la medianoche, para poder dormir un poco.
Mientras Ledón vive en medio de esa rutina de trabajo diario, Pachita se encarga de cuidar la casa y atender a los hijos. Bajo una Majagua frondosa, las mujeres del barrio salen a descansar de la pesada jornada de trabajo doméstico, porque según sus propias palabras, “el quehacer nunca se acaba”. En medio de la plática Pachita suelta de repente:
-Siento que Ledón se está haciendo muy flojo.

martes, 8 de agosto de 2017

Clases de navegación

Cuenta mi papá que en una de sus cientos de travesías a la Isla Isabel, cuando regresaban a Teacapán, a la altura de El Novillero Nayarit fueron interceptados por una patrulla acuática de la Secretaría de Marina.
Mi papá temió lo peor, pues venía con más de una tonelada de Dorado, a sabiendas de que la pesca de esta especie es prohibida. Se acercan los soldados de nuestras fuerzas Marinas y los empiezan a interrogar.
— ¿De dónde vienen?
—De las Islas Isabel.
— ¿A donde van?
—Aquí a Teacapán, ya mero llegamos.
— ¿Que andan haciendo?
—Venimos de pescar— Responde “El Burdo” con tranquilidad.

El capitán da la orden, y uno de los marinos aborda la Lancha para una revisión.
—Capitán traen Dorado. —Grita el soldado emocionado por el descubrimiento—, y no traen compás. — (Para quienes no saben, el compás es la brújula que se utiliza para orientarse en el mar). 
— ¿Tienen permisos de pesca? —Pregunta el capitán.
—No.
— ¿Por qué no tienen permisos?
—Porque no nos los dan, hemos pedido pero los niegan, y de algo tenemos que vivir.
—Capitán pero no traen compás —Insiste el marino. 
—Yo no ocupo compás para ir a la Isla.
— ¿Entonces cómo le hace para no perderse en la noche?
—Mira, allá adelante, entre todas las estrellas hay una que brilla más, esa no se mueve nunca de lugar, es la estrella del Norte, nada más es cuestión de seguirla y nos lleva directo a la boca de Teacapán.
— ¿Y si no se ve la estrella? —Increpa el militar incrédulo.
—Si no se ve la estrella del Norte, acá atrás hay cuatro estrellas que forman una cruz, esas cuatro estrellas nada más van rotando, pero nunca se mueven de lugar, esa es la Cruz de Mayo, que siempre está indicando donde está el sur, solo debemos poner la popa en su dirección y llegamos a Teacapán sin problemas.

El Marino que se empieza a quedar sin argumentos y con coraje de que un pescador lo esté haciendo quedar mal frente a su superior vuelve a preguntar. — ¿Y si no se ven ninguna de las dos?
—Entonces, nos vamos navegando despacio, “cacheteando” las olas, mientras nos estén pegando en un costado de la Lancha vamos por buen camino, y tarde o temprano llegamos al pueblo.
— ¿Y si está calmito? —Pregunta ya un tanto molesto.
—Bueno, entonces lo que tú quieres es que no nos vayamos, ya estás poniendo muchos pretextos.

El capitán suelta una carcajada y los deja ir. El soldado aprendió dos buenas lecciones ese día, una, la clase magistral de navegación y la otra, que a mi papá nadie le gana.

viernes, 28 de julio de 2017

Taco y pa afuera



Era un domingo más en el que la palomilla se cooperaba para preparar la tradicional caguama, en aquel patio que tanto recuerdo en estos tiempos de calor.
Aquel patio que mi abuelo barría todas las mañanas con esmero, mi papá afirma que el nivel del patio bajó más de una cuarta debido a la tierra que mi abuelo sacaba al barrer y recoger la basura día tras día.
Aquel patio con el árbol de guayabas más grande que yo haya visto, recuerdo que por estos mismos tiempos, julio, agosto, juntábamos una cubeta de guayabas que le llevábamos a Don Carlos el panadero, para que las hiciera mermelada y las pusiera en las empanadas, una cubeta de guayabas diario a cambio varias piezas de pan.
Aquel patio con el árbol de limones, cuya sombra cubría el pozo de agua, ese mismo árbol que hace que hoy me pese pagar por limones en la frutería, yo crecí teniéndolos gratis todo el año.
Aquel patio con el pozo de agua en medio, con el pretil casi a ras de suelo, que siempre tenía agua, agua fresca, limpia, cristalina. Ese pozo al que una vez cayó mi hermano y rescató mi abuelo (una historia que después les contaré).
Aquel patio en el que crecí, jugué, lloré, reí, aquel patio donde muchos años después de ésta historia, cuando la noche refrescaba, me acostaba en la hamaca escuchando las aventuras que mi abuelo me contaba.
En aquel patio todos los domingos se preparaba una caguama, donde los amigos compartían de ese estofado de tortuga marina preparado por mi abuelo Manaco, algunos tomando sus cervezas, muchos diría yo, pero todos esperando a que ese manjar cocinado en la concha del animal estuviera listo para ser devorado.
Ese domingo, cuando ya todos estaban comiendo, aparece el Profe Cuéllar, quien con bandeja en mano empieza a servirse comida para llevar, platicando con todos con su peculiar propiedad, que más de uno ha imitado en la secundaria.
Mi abuelo al darse cuenta de que el Profe preparaba su itacate, se acerca a él y le dice:
—Profe, aquí no hay para llevar, aquí es taco y pa afuera.
El profesor, ofendido por la descortesía de mi abuelo, regresó a la concha lo que se había servido y se retiró en medio de la carrilla de los comensales, quienes junto con Manaco, adoptaron desde ese domingo, la frase Taco y pa fuera.

La botana inesperada

Mi abuelo Manaco era un asiduo bebedor de aguardiente, en su ropero viejo de cedro, nunca faltaba una botella de Viva Villa, a la que varia...