Son las cuatro y media de la madrugada, incluso antes de que los gallos empiecen a anunciar con su sonoro canto que el astro rey se aproxima a mostrarse por el cerro del muerto, cuando Ledón despierta a su mujer.
-Pachita, levántate a echarme unas gordas pa´l lonchi, porque ya me voy a la parcela.
Las cinco de la mañana y Ledón toma camino en su bicicleta, cargado con su bule de agua colgado del manubrio, machete encajado en el cuadro de su vehículo y el lonche atado en la parrilla, a sabiendas de que le espera una pedaleada de cinco kilómetros que recorre sin prisa, pero a un ritmo firme.
Una vez en su parcela, Ledón empieza a trabajar toda la mañana sin parar, está cerca de los sesenta años, la energía no es la misma que a los treinta, pero las ganas son mayores. Solo toma un descanso para comer un poco al medio día y reanudar sus tareas hasta las dos de la tarde, hora en que toma su camino de regreso a casa.
Nada más llegar a su hogar, remo al hombro, cuerdas y anzuelos sale a probar suerte en su canoa, igual y hoy algunos peces se atraviesan con su trampa, a lo mejor un pargo, para que Pachita le prepare un caldo con la cabeza. Ledón tiene años yendo al mismo lugar a pescar, la quietud del estero, el cantar de los pájaros, la brisa vespertina de la marisma, lo llevan a un estado de calma que solo rompe de vez en cuando el tirón de su cuerda, cuando un pez empieza a morder la carnada, momento en que con gran habilidad jala la línea con la esperanza de que se quede enganchado del anzuelo, pero hoy no hubo suerte, el caldo de cabeza de pargo tendrá que esperar.
El sol empieza a desaparecer por los rumbos de la palmera inclinada de La Puntilla, el cielo se se tiñe de rojo y Ledón llega al pueblo que huele a humo de buñigas, es la hora de los zancudos, por suerte su casa solo está a un poco más de una cuadra de la playa.
Después de la cena, toma la atarraya que empezó a tejer un par de semanas atrás, y continúa con su artesanal tarea con una habilidad que envidiaría una araña, alumbrado solo con un candil de petróleo, hasta un poco antes de la medianoche, para poder dormir un poco.
Mientras Ledón vive en medio de esa rutina de trabajo diario, Pachita se encarga de cuidar la casa y atender a los hijos. Bajo una Majagua frondosa, las mujeres del barrio salen a descansar de la pesada jornada de trabajo doméstico, porque según sus propias palabras, “el quehacer nunca se acaba”. En medio de la plática Pachita suelta de repente:
-Siento que Ledón se está haciendo muy flojo.

